Las derivaciones de la estética minimalista condicionan no sólo la articulación formal de las obras sino su discurso, su forma de exhibición y hasta el diseño de los ambientes de exposición. Ellas han resultado en la instauración de este nuevo código postminimalista, postconceptual y postmoderno preponderante en los circuitos de la plástica contemporánea.
Lo interesante de este código postminimalista está en su capacidad de deconstrución y resignificación autocrítica del minimalismo mediante un proceso de desarticulación de los antiguos modelos dominantes que no pretende cambiar lo que es sino desmantelar desde dentro de lo que es.
Esta orientación ha sido frecuente en América Latina, donde el carácter plural y polisémico del medio y la conflictiva relación identidad-diferencia con occidente suele llevar la inclinación del arte hacia la práctica de apropiaciones culturales que concluyen en perversiones radicales de los cánones establecidos.
No es gratuito el que América latina sea epítome de todos estos procesos de antropofagia cultural, ya que es predecible que sean las periferias culturales quienes desarrollen “culturas de la resignificación”. Si bien esta apropiación funciona cuestionando la autoridad de los modelos autoritarios y colonizadores eurocéntricos, y contaminando sus paradigmas de autorreferencialidad mediante una crítica reelaboración de los repertorios impuestos por el dogma; al mismo tiempo nos sitúa siempre en la posición del sometido ya que asume una situación postcolonial de dependencia.
La práctica de la apropiación es un fenómeno que encuentra su pertinencia en la medida en que logra ser culturalmente eficaz, es decir, en la medida en que el elemento apropiado llega a ser productivo para la finalidad de quien se lo apropia.










